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“Chongo”  es voz popular peruana  que durante décadas ha significado “prostíbulo”, “burdel”, “casa de citas”, “bulín”. “Chonguero” era llamado el parroquiano de los prostíbulos. “Chongo” y “chonguero”  tenían cierto halo de cosa prohibida y no aparecían en las conversaciones refinadas  ni en la escritura, con excepción de las novelas,  en boca de los personajes, nunca en la del narrador.

Los sentidos de los vocablos permanecen o cambian en la historia. “Chongo”, sin perder su sentido inicial, ha adquirido otro: desorden. Un periodista, Pedro Salinas, ha escrito: “Es que todo Lima está así. Es un chongo descomunal, endiablado, profundo. Y en el resto del país ni les cuento. Porque aquí no hay gobierno ni mando ni responsable ante quién quejarse”. (Perú 21. 23.05.2010).

Lo que pasa con “chongo” ocurre también con “burdel”. En francés “bordel” es  desorden y también “prostíbulo”. Hace varios años Pablo Macera, en una de esas frases-choque que lo caracterizaban, dijo: “El Perú es un burdel”, aludiendo al caos de la sociedad de nuestro país. De inmediato recibió el comentario del psicólogo Baldomero Cáceres quien sostuvo que el Perú no es un burdel, porque ese establecimiento se caracteriza por el orden: todo el mundo cumple un papel conocido, las prostitutas, los clientes, los vigilantes. De acuerdo a esta interpretación, el prostíbulo es un lugar  donde nadie “mete vicio” ni “hace chongo”. (Marco Martos).

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